
Escritores tan destacados de nuestras letras como José Luis Sampedro, Pío Baroja, Lope de Vega, Galdós, Azorín, Carmen Martín Gaite o el propio Manuel Vázquez Montalbán han situado en alguno de los muchos balnearios españoles la acción de sus obras. Sin duda, esto es así por que en torno a los balnearios se movió una riquísima vida social y se articuló una variedad de proyectos arquitectónicos y urbanísticos que han dejado su impronta en un marco rural de gran valor paisajístico y natural. Por ello, cuando visitamos un balneario no disfrutamos tan solo de sus aguas y de sus cualidades térmicas y minero-medicinales, disfrutamos de unos entornos naturales, artísticos e históricos privilegiados. Los más de doscientos manantiales declarados que hay en Andalucía hacen de esta comunidad la región española con más caudal de aguas termales a pesar de que el número de balnearios abiertos al público aún sea pequeño si consideramos sus potencialidades de explotación.
Con todo lo importante que es un curso de agua para la historia de una localidad, la existencia de un manantial casi lo es todo en poblaciones andaluzas como Tolox, Lanjarón, Carratraca, Canena, Villanueva de las Torres o Cortes y Graena -entre otras- pudiendo referirnos a ellas como auténticas villas termales. Y es que sus aguas mineromedicinales tienen un valor añadido al que tiene el agua de superficie. El agua de manantial es agua que circula a más profundidad de la habitual y por eso permanece en contacto mucho más tiempo con los minerales del subsuelo, cargándose de ellos y alcanzando una temperatura elevada. Estas características físico-químicas hacen de estas aguas un excelente medio terapéutico para una gran variedad de dolencias que encuentran en ellas alivio gracias a la utilización de técnicas ya experimentadas desde hace mucho tiempo en función de las dolencias y las propiedades de las aguas. Como acabamos de decir, en Andalucía estos manantiales se concentran en municipios rurales de pequeño tamaño pertenecientes, sobre todo, a las provincias de Almería, Granada, Jaén y Málaga (Andalucía Oriental). Cada balneario, como sus aguas, tiene su personalidad, su historia, una trayectoria centenaria a sus espaldas que lo convierten en algo único. Esas aguas sulfurosas -como las del balneario de Carratraca-, bicarbonatadas -como las de Alhama de Granada-, o las carbonatadas de Tolox son un inmenso patrimonio que la naturaleza nos ha brindado y que el hombre, desde tiempo inmemorial, ha utilizado en su propio beneficio. Y no siempre bajo las mejores condiciones de uso y disfrute. Recordemos aquí que en nuestra historia reciente muchos manantiales fueron utilizados sin comodidades hoteleras, cumpliendo de forma humilde sus funciones de dar consuelo y de aliviar las múltiples dolencias de la población rural sin recursos, como el de Santaella, en Córdoba, del que acompañamos un dibujo realizado a mediados del siglo XIX, conservado en la Biblioteca de la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense de Madrid. En esas instalaciones, apenas esbozadas o inexistentes, se arremolinaban en torno a algunas pozas personas llegadas, en un principio, de lugares no muy alejados, debiendo pasar algunas semanas en un entorno sin infraestructura alguna. Cuando el manantial se encontraba alejado de poblaciones habitadas no era raro encontrar conejos y pollos en corrales improvisados en torno a las chozas o cabañas que se construían para albergar a los usuarios que llegaban ansiosos de poder aliviar sus dolencias. De que las condiciones de estas pequeñas instalaciones (si es que las había) no eran las mejores nos da idea la incidencia del paludismo entre los bañistas que frecuentaban manantiales sin instalaciones balnearias como el entonces sevillano de Pozo Amargo.
La magistral pluma de José Luis Sampedro nos dejó en su novela El río que nos lleva todo ese mundo termal alejado de los grandes balnearios, del lujo y de la exquisitez…:
“…aquí no hay médico, ni luz, ni postín, ni na. Mejor: así está barato pa los pobres y áspero pa los ricos, que tienen que irse al médico (..) aquí, por un duro por barba, te metes en un cuarto y te dan hasta tu jergón de paja y tu cabezal. Lo demás que quieras tú te lo traes y tan ricamente (..)”.
La Guerra Civil acabó con muchos de estos balnearios revitalizados a finales del siglo XIX y se inició un periodo de gran decadencia para el termalismo nacional, a la que contribuyeron también el descubrimiento de los antibióticos y la cada vez mayor relevancia de los baños de mar. Ahora que vemos resurgir de sus propias cenizas la cultura de la salud y cómo los balnearios reabren sus puertas, remozados y vigorosos, debemos agradecer a las generaciones pasadas que hayan preservado ese riquísimo legado y lamentar que por dejadez o por explotación excesiva muchos manantiales hayan desaparecido de nuestra memoria -que no de la de sus antiguos usuarios-, llevándose consigo todo ese patrimonio natural, cultural y artístico que atesoraban... Pero esto es, sin duda, otra historia a la que no tardaremos en volver.
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