Antes del origen de la vida, la atmósfera terrestre tenía una concentración en dióxido de carbónico elevadísima; la reducción de esta concentración se produjo gracias al crecimiento de la vida que incorporó el carbono y anhídrido carbónico a su estructura molecular.
La fabricación de exo y endoesqueletos de carbonato y la acumulación de estos tras su muerte permitió fijar el dióxido de carbono en las rocas carbonatadas, paralelamente la acumulación de materia orgánica y su confinamiento bajo depósitos de sedimentos permitió además su almacenamiento en carbones, gas natural y petróleo, consiguiendo de este modo reducir su contenido al de la atmósfera actual.
En el último siglo, la actividad humana ha reducido notablemente la masa forestal, y el desarrollo industrial ha provocado la liberación de dióxido de carbono por el empleo de los combustibles fósiles, lo que está alterando el equilibrio del ciclo del carbono y la composición atmosférica que puede llevarnos a cambios climáticos no deseados.
La solución parece ser la reducción del uso de combustibles fósiles y el aumento de la materia viva, terrestre y marina; esto último se puede lograr mediante el crecimiento de nuestra masa forestal y cuidado ambiental de nuestros océanos.
Algunas aguas mineromedicinales como las sulfuradas bicarbonatadas o sulfatadas sódicas, son capaces de provocar la precipitación e carbonatos, mientras que en otros lugares las aguas carbónicas son evidencia de la destrucción de rocas carbonatadas o combustibles fósiles. Estos dos tipos de aguas son evidencia del equilibrio natural del ciclo del carbono, uno de su fijación y el otro de su liberación.
Quien lo iba a decir, las cosas son más simples de lo que parecen; la lucha entre los procesos de liberación de anhídrido carbónico con los de su captura y almacenamiento. ¿cual ganará?, estamos en sus, ¿nuestras?, manos.

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